El eterno retorno

por | 11 Nov 2021

En los últimos días del pasado mes de agosto asistimos con estupefacción a unos acontecimientos dignos de una película de Hollywood. Recuerdo aquellos veranos de finales del milenio anterior, en los que bajo la agradable penumbra de la sombrilla y el murmullo del Mediterráneo como idílico fondo, podía uno leer aquellos añorados periódicos sin mayor conexión con el mundo (a excepción de algún transistor a pilas o la TV de dos canales al llegar al apartamento a la hora de almorzar).

A las generaciones más jóvenes les cuesta entender que se debía acudir a un lugar que tenía por nombre “locutorio” para poder llamar a la familia durante unos escasos minutos un par de veces a la semana, tras previo pago de una nada desdeñable cantidad de unas monedas llamadas “pesetas”, que los más osados utilizaban para hacer funcionar otra extraña figura de aquel desaparecido paisaje de antaño que se denominaba “cabina telefónica”. O que viajar desde Avilés para veranear en el apartamento de Torrevieja requería, al menos, dos días de viaje en unos coches sin aire acondicionado, una parada para dormir en algún hostal de pueblo entre Toledo y Ciudad Real en el que la noche se pasaba a no menos de 28 grados, y que si no se llevaban tortilla y empanada de casa para detenerse a comer a la sombra de algún pinar, no era posible comer en ruta. Ver el mar una vez al año suponía una sensación indescriptible de felicidad y liberación tras un largo año de trabajo y frío y, sobre todo, una total y absoluta desconexión de la vida cotidiana que convertía las vacaciones en algo digno de ese nombre.

Todo eso ha desaparecido sin remisión. El teléfono móvil impide la desconexión ‘a la antigua’, pero ofrece todo un mundo de posibilidades inimaginables en aquel entonces. La revolución digital me ha permitido visualizar nuevamente en mi smartphone (eso sí, aún a la sombra de la sombrilla) varias de las escenas más inquietantes del magistral filme de 2007 dirigido por Mike Nichols (basado en la novela casi homónima de George Crile III) y protagonizado por los sublimes Tom Hanks y Julia Roberts, que lleva por nombre La Guerra de Charlie Wilson.

En una de ellas, ambientada en algún momento de la década de los 80 del siglo XX, el agente de la CIA Gust Avrakotos, interpretado por el camaleónico Philip Seymour Hoffman, interpela al congresista Charlie Wilson en la piel del oscarizado Tom Hanks durante el desarrollo de una fiesta en la que se celebra el éxito que se obtuvo por parte de los Estados Unidos en su apoyo a los muyahidines para expulsar a la Unión Soviética de Afganistán.

«TRAS LA RETIRADA NORTEAMERICANA, EL ÚNICO ACTOR CON CAPACIDAD PARA INTERVENIR A GRAN ESCALA ES CHINA»

“Hay que enviar dinero. Primero carreteras, luego las escuelas, las fábricas… no es suficiente… Los fanáticos están llegando a raudales a Kandahar como si fuera el desagüe de un váter… Haz caso a lo que te digo”. Wilson se deja convencer para reclamar al Congreso fondos con los que ayudar al desarrollo del país asiático y evitar que caiga en manos de los integristas islámicos. Pero topa con el desconocimiento e indiferencia de la Administración y el Gobierno, incapaces de entender que, de no ayudar a Afganistán, este pueblo caerá en manos del horror.

“La mitad de la población aún no tiene 14 años… pensad en lo peligroso que es esto, joder… cuando vuelvan a casa verán que han matado a su familia y bombardeado su aldea con napalm…” – dice Wilson.

“Pero hemos ayudado a matar a quienes lo hicieron” – replica otro congresista reacio a aportar fondos.

“Sí, pero ellos no lo saben Bob, porque no están suscritos al New York Times” – replica Wilson, “y, además, era una operación encubierta, ¿recuerdas? Una vez más se repite la historia: entramos con nuestros ideales y cambiamos el mundo… y nos vamos. Pero esa pelota sigue en juego… Hemos gastado miles de millones de dólares en armamento. Gastemos un millón más en reconstruir escuelas”.

“Charlie, ¿a quién le importa una mierda lo que ocurra en Pakistán?” – interrumpe otro venerable congresista de pelo cano.

Afganistán” – responde desolado Wilson al ver que ni siquiera el Congreso sabe en qué parte del mundo se están jugando los cuartos los Estados Unidos.


El resto es conocido. Han pasado cuarenta largos años, varias guerras y atentados, el surgimiento de movimientos integristas radicales que hacen palidecer el horror visto en la Alemania nazi o la Rusia soviética, así como un recrudecimiento del islamismo terrorista en Siria, Irak… y de nuevo en Afganistán tras la caída de Kabul y las principales ciudades (en menos de una semana) en las garras de los talibanes. Y en medio de todos ellos, una potencia regional, Irán, que lleva desde 1979 en manos de una teocracia musulmana cuya divisa principal es la destrucción del Estado de Israel, que está a punto de desarrollar armas atómicas y que ve en los nuevos amos del país vecino a un potencial aliado contra Occidente.

Todo lo que está ocurriendo me recuerda muchísimo a otro suceso que estuvo a punto de desembocar en una guerra entre las dos superpotencias del siglo XX. Cuando el 1 de enero de 1959, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos entraban en La Habana derrocando la abyecta dictadura de Fulgencio Batista para asentar en el poder a Fidel Castro e instaurar un régimen comunista títere de la Unión Soviética tras la victoria de la primera revolución de este corte en América Latina, muy pocas personas podían imaginar que todo ello derivaría en la crisis de los misiles y el bloqueo de Cuba. La humanidad estuvo en un tris de desaparecer bajo el fuego atómico.

En última instancia, la intervención del presidente Kennedy -¿recuerdan cómo acabó su vida?- al frente de la mayor democracia del mundo (con todos sus defectos) propició que imperase el sentido común contra el criterio del ala dura del ejército estadounidense de lanzar un ataque preventivo contra los rusos que hubiera podido terminar en un holocausto nuclear.

«LO OCURRIDO EL PASADO MES DE AGOSTO TENDRÁ UNAS CONSECUENCIAS CATASTRÓFICAS A MEDIO PLAZO SI NO SE ACTÚA RÁPIDA Y DECIDIDAMENTE»

El problema de hoy en día con los talibanes es que, tras la retirada norteamericana, el único actor con capacidad para intervenir a gran escala es China, que está litigando con los americanos por la hegemonía mundial y, además, comparte frontera con Afganistán. Y con China las reglas del juego han cambiado. Lo ocurrido el pasado mes de agosto tendrá unas consecuencias catastróficas a medio plazo si no se actúa rápida y decididamente contra talibanes, Al Qaeda, Estado Islámico y demás abyecciones ideológicas.

En 1991, el ‘Reloj del fin del mundo’ marcaba 17 minutos para la medianoche. Con la covid-19, ese lapso se redujo a 100 segundos. Pero tras la caída de Kabul, el tiempo se ha reducido a 76 segundos y sigue acortándose. Esperemos que alguien pueda atrasar las manillas antes de que sea demasiado tarde.

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Juan Gonzalez Herrero

Juan Gonzalez Herrero

Economista y empresario, Juan González Herrero es presidente de Herrero Brigantina SA y Country Manager de The Pembroke & Grosvenor Management LTD. Licenciado en Económicas por la Universidad de Oviedo y MBA por IDE-CESM, cuenta con la certificación del ‘Fintech Programme’ de la Universidad de Oxford, entre otras.

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