La hipocresía como animal político

por | 9 Ene 2023

Fernando Grande-Marlaska sostuvo el pasado día 30 de noviembre de 2022 que “ningún hecho trágico” ocurrió en España el 24 de junio cuando unos dos mil inmigrantes indocumentados forzaron la valla de Melilla, y que, por tanto, las veintitrés personas fallecidas se registraron del lado marroquí de la frontera. Puede así el señor ministro del Interior dormir con la conciencia tranquila ante la constatación de que los luctuosos sucesos ocurrieron unos centímetros más allá del límite de nuestro territorio, aunque el desencadenante de todo ello fuese el intento de acceder a España por parte de unos seres humanos desesperados por salir del infierno y conseguir una vida mejor.

Algo que todos, sin excepción, haríamos de encontrarnos en su misma situación. Si no fuésemos unos hipócritas o mentirosos, claro.

 

“Si no fuésemos unos hipócritas, deberíamos admitir que estos sucesos son parte del coste de nuestro estilo de vida”

 

De confirmarse que los datos del señor Grande-Marlaska no son correctos, y que algunos fallecidos sí ocurrieron en suelo patrio, su dimisión sería un hecho más que probable, bien por activa (mintió desde el principio a sabiendas) o por pasiva (no se entera de la fiesta). En todo caso, habrá quien critique al ministro por no ir de cara y admitir que en última instancia él es el responsable de que las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado cumpliesen con su obligación de repeler a una turbamulta que quiere forzar la legalidad al irrumpir armados y de forma violenta en nuestra casa, como quien le eche en cara tirar la piedra y esconder la mano.

Difícil posición la del exmagistrado. Como difícil, cada día más, es la situación en la frontera sur de la Unión Europea. Si no fuésemos unos hipócritas, deberíamos admitir que estos sucesos son parte del coste de nuestro estilo de vida, al que seguramente deberíamos renunciar si queremos evitar que se repita algo así. Pero es más fácil cambiar la hipocresía por cinismo y asumir el coste de repeler agresiones en la frontera que el coste de bajarnos del tren de la modernidad, el mundo desarrollado y las sociedades avanzadas, democráticas y tolerantes que salvaguardan los derechos humanos.

Además, estos sucesos les vienen muy bien a los políticos demagogos de un signo u otro.

 

“La señora Meloni sabe perfectamente que su cuento demagógico se convertiría en una pesadilla para Italia si realmente África se ‘liberase’”

 

Y en esto es experta, por ejemplo, la señora Giorgia Meloni, a la sazón presidenta del consejo de ministros del Gobierno de Italia. Son curiosos los compañeros de viaje que propicia la política, gracias a los cuales, en ese país, la hija de un sardo y una siciliana ha llegado a ocupar un cargo tan relevante como el que ostenta, militando en un partido de extrema derecha nacionalista y “euroescéptico”, cuando sus progenitores provienen de regiones con una marcada personalidad proclive a posiciones independentistas.

Enseñaba la señora Meloni en un programa de televisión la foto de un niño de Burkina Faso trabajando en condiciones infrahumanas en unas minas y utilizaba el argumento de que los problemas de la inmigración subsahariana en Italia son culpa de Francia, al tener subyugado a ese país africano y otros muchos con rémoras económicas y financieras de la época colonial que solo benefician al país galo y someten a los italianos a unos costes y presión migratoria inasumibles. “Liberemos África, y todo ello se solucionará”, rezaba Giorgia con su estilo digno de un aprendiz de Mussolini. Alucinante.

Además de tener una cara bonita, la tiene como el hormigón armado. Recapitulemos. A lo que la señora presidenta estaba haciendo referencia como ejemplo del legado colonial francés es, nada más y nada menos, que al  denominado franco CFA, moneda común de catorce países africanos –casi todos ellos antiguas colonias francesas–.

El franco CFA fue creado al mismo tiempo que el franco CFP, el 26 de diciembre de 1945, cuando Francia ratificó los acuerdos de Bretton Woods. Merced a este acuerdo, los bancos centrales africanos se vincularon al banco central francés en los campos relativos a tipo de cambio y convertibilidad frente al euro, así como al fondo común de reserva en moneda extranjera (que, por supuesto, está depositado en un 65% en Francia).

Lo más destacado del asunto es que el banco central francés se reserva la definición de la política monetaria de estos países. Es decir, la controla. Y por todo ello, cada año, el Estado francés recauda la friolera de 440.000 millones de euros de todos estos países africanos. Esto es el 14,6% de todo el PIB del país galo. O el 30% del de España.

Dice la señora Meloni que, si África pudiese disponer de esos fondos, en una década de correcta administración podrían iniciar la salida del subdesarrollo y los africanos no tendrían que renunciar a vivir en sus países y emigrar a Europa.

4,4 billones de euros en diez años es la cuantía que Francia ha recibido por prestar estos ‘servicios’ a catorce naciones soberanas. Francia es un contribuyente neto de la Unión Europea, subvencionando a numerosos Estados del club comunitario con aportaciones más que cuantiosas en fondos de integración, desarrollo y demás. ¿Saben cuánto recibirá España de la UE en los próximos tres años? Están en juego 140.000 millones. ¿E Italia? Unos 70.000 millones de euros, más o menos. Lo vamos entendiendo, ¿verdad? Si Francia deja de recibir las remesas africanas, ¿de verdad creen que el proyecto de integración no se vería comprometido? La realidad del asunto es que la señora Meloni sabe perfectamente que su cuento demagógico se convertiría en una pesadilla para Italia si realmente África se ‘liberase’. Amén de ya no tener a quien culpar de todas las desgracias.

 

“A nadie en Europa conviene que el CFA francés deje de existir”

 

A nadie en Europa conviene que el CFA francés deje de existir, y, por tanto, veremos en la frontera cada cierto tiempo dramas humanos como el relatado en este texto: pateras llenas de historias que caerán en el olvido en medio del Mediterráneo hasta que a algún político le interese salir en la prensa protagonizando una acción altruista de ayuda humanitaria al salvar un barco (de cada cien que se hunden), para ganar votos en las siguientes elecciones. Y a dormir por las noches sin cargos de conciencia mientras el mar y las ardientes arenas del desierto se siguen tragando vidas y futuros de personas para mayor gloria de la democracia en el mundo occidental. Hasta que la paciencia de los desheredados de la Tierra se agote y tiemblen los pilares del mundo conocido. A golpe de machete, que es como suelen hacerse estos cambios.

 

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