Otra vez Tirano Banderas

por | 2 Sep 2022

Imaginen cualquiera de los lugares más inverosímiles para escuchar a Charles Aznavour entonar sus míticos temas y les puedo asegurar que la cafetería y tienda mixta Sol y Luna de un paraje a orillas del río Cauca superará la más delirante de sus expectativas. No en vano, en Colombia nació la corriente literaria del realismo mágico, y no de otra forma podría definirse lo que en ese momento viví: un déjà vu de la novela El Premio, de Julio Cortázar, en primera persona (solo que en vez de tomar una cerveza Quilmes bien fría en la avenida Corrientes de Buenos Aires, me tuve que conformar con una Corona en la Carrera 9 de la pedanía antioqueña). En excelente compañía, eso sí. Y con una agradable conversación con el dueño del local, don Fernando, y uno de los parroquianos habituales llamado D. William, cuyo espectro temático abarcó lugares tan diversos como la extradición de Otoniel, la escasez de médicos en la comarca o la afluencia de turistas en temporada alta. Y, como no, Petro.

Que América Latina lleva años girando a la izquierda es algo evidente. La Colombia de Iván Duque constituyó hasta las últimas elecciones una isla atípica de gobiernos conservadores rodeada de países que, como Venezuela, Perú, Nicaragua, Honduras, Brasil o Cuba, encarnan el arquetipo de gobierno populista de izquierda que enarbola esa mezcla de teología de la liberación del cura Romero y el “socialismo o muerte” del Che Guevara que promete asegurar la soberanía de los pueblos contra el imperialismo yankee, terminar con la pobreza secular heredada de la época colonial mediante la nacionalización de los intereses foráneos como medio de recuperar el oro que se llevaron los españoles y culminar el sueño de Bolívar de unificar bajo el mandato del pueblo todos los estados surgidos de la Independencia; en una Latinoamérica con voz propia que lidere y no sea seguidora. Lula da Silva lo clavó con su lema ‘A fame ñao pode esperar’. Dicho de muy diversas maneras, el anhelo de todo un continente se resume en esas ganas de cambio que son lícitas, admirables y más que deseables.

El ruido de sables uribista empieza a avisar que la tolerancia con los experimentos va a ser más bien escasa.

 

Colombia demostró hace un año que el rumbo del gobierno conservador de Duque no era lo que el pueblo deseaba. Los disturbios en Medellín, Bogotá y Cali en protesta por la reforma fiscal que cargaba los esfuerzos en la espalda de los de siempre, los más desfavorecidos, dejaron a las claras un mensaje inequívoco: el hambre no puede esperar. El problema está en que el exguerrillero Petro no parece, a priori, contar ni con un programa realista (otra vez una  reforma agraria a lo Pancho Villa como buque insignia del cambio), ni con un equipo capacitado para hacer que Colombia siga por la senda de la moderación. Su entrevista en el diario El País el pasado mes de julio deja intuir que estamos ante más de lo mismo. El ruido de sables uribista empieza a avisar que la tolerancia con los experimentos va a ser más bien escasa.

Espero de corazón equivocarme y que el Petro de hoy sea para Colombia lo que el primer periodo de Felipe González fue para la España de los años 80 del siglo XX. Pero la tozuda realidad histórica (aunque es bien cierto que rentabilidades pasadas no garantizan rentabilidades futuras) del continente hermano nos deja a las claras que esta historia solo tiene dos finales posibles: un ‘gatopardo’ en el que todo cambia para que todo siga igual, Petro se mantenga mucho tiempo en el poder y se vaya con los bolsillos llenos –y las neveras del pueblo tan vacías como cuando llegó–, o bien que realmente intente una revolución que la reacción y sus fusiles no van a permitir y el ansia de cambio de parte del pueblo colombiano dure lo que el sueño de una noche de verano.

Seguro que desde el Departamento de Exteriores del Tío Sam tienen la respuesta clara: “Only time will tell”.

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