‘Winter is coming’

por | 1 Sep 2020

Un gesto tan sencillo como ponerse una mascarilla ha descubierto a toda una generación. A los millennials -nacidos entre 1980 y 2000- se les reconoce estar especialmente concienciados con la defensa de causas sociales y medioambientales, pero el verano que ha finalizado los ha dejado en evidencia. La generación más preparada de la historia (más de un 50% cuenta con un título universitario) ha mostrado una gran falta de responsabilidad para protegerse y proteger a sus mayores de los estragos que está causando el coronavirus, protagonizando fiestas y botellones sin la más mínima medida de protección. La generación también conocida como la del ‘yo, yo, yo’, según la polémica portada titulada ‘The Me Me Me generation’ de la revista Time, ha pasado gran parte de su existencia disfrutando de los mayores niveles de bienestar y, en muchos casos, convencidos de que pueden tener lo que quieran solo con desearlo. Pero no es justo cargar toda la culpa sobre ellos.

Tras un verano en el que ‘nos han quitao lo bailao’, encaramos el otoño con una situación bastante peor que la prevista, tanto en el ámbito sanitario como en el económico. El famoso “Winter is coming” de la serie Juego de Tronos se avecina con muchas sombras y pocas luces. Las sombras que producen tanto la sensación de que no haya nadie al volante, como la certeza de que es mucho más fácil engañar a la gente que convencerla de que le han engañado; las luces de una vacuna y un tratamiento médico eficaz que parecen estar cerca y que, si todo va bien, nos deberían llegar en la próxima Epifanía.

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Me llaman poderosamente la atención los negacionistas. Una corriente cada vez más numerosa y que se está extendiendo en varios países. No digo que tengan razón, pero venimos de un contexto en el que el director general de la OMS nos dijo el pasado mes de enero que el coronavirus no se transmite entre personas; o más localmente, el epidemiólogo Fernando Simón -que en algún momento dejó de ejercer la ciencia para dar el salto a la política- nos dijo que no era necesario utilizar mascarillas, que no había riesgo en manifestarse y que en España no habría contagios más allá de algún diagnosticado, pero sin transmisión local. Negligencias de este tipo fomentan el negacionismo, porque hay gente que ya, o no sabe a quién creer, o directamente ya no se cree nada.

Estamos viviendo un año histórico, malo como ningún otro del siglo XXI. A las pérdidas personales hay que sumar demasiadas empresas sin futuro y un número inaceptable de personas que van a alternar la precariedad laboral con la falta absoluta de empleo.

En medio de esta incertidumbre, es posible que mejoremos en algunos ámbitos de la vida. El Ingreso Mínimo Vital, bien gestionado y con mecanismos para no incentivar la economía sumergida, es propio de un estado de bienestar.

Lejos de ser una reivindicación ideológica, debe ser una red de seguridad excepcional para que nadie se quede atrás.

El teletrabajo ha llegado, en muchos casos, para quedarse. Aunque hay aspectos que pulir, es un sistema que puede funcionar porque permite a empresas y trabajadores ser más eficientes y, consecuentemente, a la sociedad ser más sostenible. Esta posibilidad, unida a meses de confinamiento, ha creado tendencia: la de dejar de vivir en grandes ciudades para hacerlo en zonas rurales, que ofrecen una vida más saludable con menos costes.

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Para ello, es necesario que sigan existiendo empresas después de esta crisis, aunque hay quien anhela que vivamos todos de ‘la paguita’.

 

Carta publicada en el Nº25 de la revista Influencers.

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