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¡Campeonas!

Miguel Angel Gomez| 11 de septiembre de 2023

Cada tarde, minutos antes de las cinco, una turba de niños esperábamos con impaciencia a que el jardinero, Nicolás, abriese la puerta de cada uno de los portales que daban acceso al patio del vecindario. Eran años en los que la diversión era totalmente ajena a la tecnología y, además, como Decathlon no había llegado a España (lo hizo en el año 1992), el acceso a materiales deportivos mínimamente dignos estaba al alcance únicamente de bolsillos  privilegiados. Por ello, fuimos la última generación que tuvo que exprimir la creatividad y la imaginación para celebrar nuestras propias competiciones deportivas.

 

El caso es que, en ocasiones puntuales, el patio se mantenía inusualmente vacío bien pasadas las cinco de la tarde, y su silencio solo se rompía repentinamente con los primeros “¡vamos!” que recuerdo. Un popular rugido que ha terminado por unir a todo el deporte español para conjurarnos frente a cualquier adversidad y que, entonces, emergía espontáneamente desde el interior de algunas ventanas. Uno de  esos días fue el 10 de junio de 1989. Arantxa Sánchez Vicario estaba disputando una final épica de Roland Garros contra la alemana Steffi Graf. Contra todo pronóstico, ‘nuestra’ Arantxa se llevó la victoria. Su primer triunfo en un Grand Slam supuso, no solo el inicio de la era dorada del tenis español, sino el comienzo de los grandes éxitos del deporte femenino de nuestro país.

Tres años después, la esquiadora Blanca Fernández Ochoa sería la primera mujer en conseguir una medalla olímpica para España —concretamente la de bronce— en los Juegos Olímpicos de Invierno de Albertville (también en Francia). Un prolegómeno de lo que vendría unos meses después, en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, cuando la yudoca Miriam Blasco se convertía en la primera mujer española en proclamarse campeona olímpica. Desde entonces, la tendencia es irrefrenable.

A lo largo de aquellos años 90 en los que Theresa Zabell dominaba la vela como ninguna otra, y durante las siguientes décadas, hemos tenido la suerte de disfrutar de otras grandes campeonas que han hecho grande el deporte español, tanto en deportes individuales como en los de equipo. Algunas de ellas, como Theresa, se han convertido en las mejores a nivel mundial. Así, vemos cómo Carolina Marín está poniendo de moda otro deporte de raqueta, como es el bádminton. Nos hemos sumergido en los éxitos de Mireia Belmonte en natación. Incluso hemos visto con orgullo cómo Sandra Sánchez era capaz de convertirse en la mejor de la historia en kárate y cómo ganaba el oro olímpico a una japonesa en sus propias Olimpiadas. Y, por supuesto, sin olvidar a nuestra protagonista de este número, Lydia Valentín, que  ha conseguido poner la halterofilia en el prime time de la información deportiva en más de una ocasión. Ellas son campeonas europeas, mundiales y olímpicas, pero además, son mujeres que están dejando huella más allá del deporte y que, por ello, reflejan la acepción de influencia que venimos defendiendo en esta publicación desde nuestro origen.

Un olimpo que sigue incorporando nuevas campeonas, como las integrantes de nuestra selección femenina de fútbol que, desde aquel gol de Olga Carmona en la final de Sídney, han provocado una ola imparable. Imagino que aquel patio de vecindario habría rugido en el momento en el que el balón tocaba la red inglesa. Esa generación que nos criamos en patios y plazas del barrio con exiguos recursos deportivos venimos celebrando cada vez más frecuentemente los éxitos de nuestros deportistas. Y, hay que reconocerlo, las hornadas que han ido llegando después —con un importante apoyo tecnológico y con el acceso a magníficas instalaciones, materiales,  entrenadores, fisios, nutricionistas y psicólogos— están confirmando que no siempre el pasado fue mejor, sino que lo mejor está siempre por llegar.

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