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«Estaré aquí mismo»

Miguel Angel Gomez| 1 de marzo de 2021

Sucedió en el mes de diciembre de 1982. Con poco más de 3 años pisé una sala de cine por primera vez y la experiencia devino más intensa de lo previsto. Fue por la última escena. Antes de subir a su nave para regresar a su planeta, E.T. le apuntó con su dedo brillante a la frente, al tiempo que le decía: “Elliot, estaré aquí mismo”. Los críticos la aclamaron como una historia intemporal de la amistad, situándola como la película de ciencia ficción más grande jamás realizada. A mí me provocó uno de esos efectos que, para nuestro protagonista de portada, Enrique Cerezo, es lo que debe causar el buen cine en el espectador: “diversión, risa, emoción o llanto”. En mi caso fue esto último.

El cine -y, sobre todo, las salas que lo proyectan- está viviendo un momento complicado. La pandemia ha agudizado una pérdida del hábito de acudir a las salas que ya venía de antes, y que está trasladando el consumo cinematográfico a las diversas plataformas de televisión en streaming. “Antes se hacía cine para el cine, y ahora se hace cine para la televisión”, afirma Cerezo.

En un momento como este, quién mejor que el mayor empresario español de la industria cinematográfica para diagnosticar este ‘enfermo’. Aunque sea más conocido para muchos por ser el presidente del Club Atlético de Madrid. Me crie escuchando a través de mi ventana ese himno que comienza diciendo “Yo me voy al Manzanares, al Estadio Vicente Calderón…”. Y viendo cómo una procesión de fieles, siempre orgullosamente ataviados de los colores rojiblancos, recorrían las calles del barrio en dirección al que era su templo. Una afición para la que una hazaña de su equipo compensa con creces las muchas -quizá demasiadas- decepciones que, por ser en ocasiones rocambolescas, le granjearon el apodo de ‘El Pupas’. Fue su entonces presidente quien lo afirmó, Vicente Calderón -allá por 1974- después de perder una final de la Copa de Europa que tenía prácticamente ganada.

Me cuentan que siendo todavía muy niño presencié un derbi entre los dos grandes equipos de la capital. A la vuelta, pensativo, no podía asimilar las cosas que había escuchado al público gritarle a mi ídolo, Emilio Butragueño. En uno de los fondos se representaba a un inmenso depredador devorando a un buitre con el escudo del Real Madrid. Me propuse no volver nunca más a ese estadio. Por fortuna, lo incumplí. Años después pude presenciar muchos partidos de fútbol y uno de los mejores conciertos de mi vida aunque nunca me ‘convertí’.

Aquel estadio rojiblanco ha dejado innumerables recuerdos y ya es parte de la memoria sentimental de la ciudad. Para los que lo veíamos cada día, trascendía el valor meramente futbolístico. Y ha sido triste ver una semana tras otra cómo iba desapareciendo, hasta para los que no somos colchoneros. Algunos nunca nos acostumbraremos a mirar hacia esa parte del Manzanares y no verlo. Para nosotros, como le dijo E.T. a Elliot, “siempre estará aquí mismo”.

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